sábado, 3 de agosto de 2013

Ceda el peso.

Se había desecho de todos los retrovisores
para no ver el rastro de tristeza que dejaba
en la línea discontinua
de la vida
y
nunca llevaba chaleco reflectante
-hay personas que brillan por sí solas- decía.

Su sonrisa parachoques,
sin pintalabios por haber besado el pavimento
-por torpe
y por haber volado demasiado-
frenaba en seco a las personas

pero habría iniciado tres mil seiscientas revoluciones por segundo
con tan solo abrir la boca.

Tenía la puta manía
de cantar Don´t stop me now
por encima de lo incívicamente correcto
y nunca escuchaba el grito que se ahogaba dentro.

Siempre había preferido los caballos libres
a los encerrados en un motor
y se le aceleraban las pulsaciones
cuando no pisaba el suelo.

Iba a trescientos sesenta y cinco días por daño
en un año bisiesto:
le bastaba un día para ser feliz.

Cogió la irracional-V,
sin comprobar el tráfico de emociones
que la recorrían por dentro

ni las señales de advertencia
propias de purgatorios caducos:
le daba igual que llorar fuera obligatorio
y que la risa estuviera prohibida.

De repente,
frenó en mojado
esquivando mis lágrimas recién caídas.

-No llores, yo quiero morirme contigo de la risa.

No vio venir el miedo
que nos invadía de frente
a pies,
y al mirarme a los ojos
se salió de la circunvolución a toda velocidad
y se estampó contra el papel en blanco.

-Escríbeme de vez en cuando- me dijo,
y
se borró para siempre.

Se mató de la pena conmigo
pero sin mí.

Nota:
El contenido del texto es totalmente metafórico,
no es mi intención ofender a nadie.
Conducid con precaución.



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